El pisco orgánico de La Caravedo

En el kilómetro 290 de la panamericana sur, siguiendo el antiguo camino real, en medio de viñedos se encuentra La Caravedo, antigua bodega que tiene mas de tres siglos de tradición en la producción de pisco de la mejor calidad. Rodrigo Peschiera, su dueño, se ha convertido en el único productor de pisco orgánico en el Perú y nos cuenta sobre la pasión que tiene por su tierra.

Camino a La Caravedo, uno no puede dejar de preguntarse ¿Cómo en esta tierra de aspecto árido, el sol, el agua y el viento pueden provocar el milagro de l vida? Explosión de verde que se siente más cuando que uno traspasa su antiguo portón. La bodega ha sido rescatada gracias al empeño y amor a la tierra de Rodrigo Peschiera, el primero de esta familia chinchana en radicar en Ica y dedicarse a producir piscos orgánicos.
Las pasiones de Rodrigo son los piscos y la tierra. Por eso, después de un delicioso almuerzo, nos muestra sus viñedos, de palmo a palmo, bajo un sol, que a pesar de ser invierno, en esa parte de nuestra costa quema. Solo caminando y escuchando a este viticultor, con estudios en Viticultura y Enología en Napa valley (California, estados unidos), es posible captar la esencia de lo que hoy es su bodega.
“Me fui a Napa Valley con una mano adelante y otra atrás. Antes de decidirlo había pensado en irme a Israel o Italia. Al final me fui a Estados Unidos. Primero legue a Louisiana a trabajar con caballos en un rancho, mientas perfeccionaba mi ingles, hasta que fui a napa para estudiar”, cuenta Rodrigo.

Apuesta por la tierra

Una vez que termino sus estudios, trabajo un tiempo en Napa en diversas bodegas, entre ellas las de Moet Chandon, luego se fue a México hasta que sintió que era el momento de volver al Perú. Cuando regreso corrían tiempos difíciles y termino en Ecuador, en donde se quedo algunos años para dedicarse al cultivo de  flores. En 1995 retorno a su país para quedarse. “Empezamos alquilando tierras para cultivar uvas y espárragos, mientras buscábamos un lugar para comprar. Esta propiedad se la enseño a mi padre, Julio Pescheira, un corredor de tierras. En ese momento solo había tres hectáreas de viñedos. De esas vides elegimos plantas madres y empezamos el proceso de propagación” recuerda.
En este proceso, la agricultura orgánica fue, según Pescheira, una consecuencia lógica. “Que haces si detectas malformaciones en las plantas y te das cuenta de que la gente y los animales se están intoxicando. Eso es síntoma de que algo anda mal y que tienes que tomar medidas para cambiar. Eso fue lo que hicimos” dice mientras nos confiesa que es vegetariano y explica como cada una de las plantas cumple una función dentro del viñedo. Así aprendemos que el camote crece bajo la quebranta, la negra corriente, la Italia, la Torontel, la moscatel, la albilla y la mollar (todas uvas pisqueras), es un excelente matapulguillo; que la humedad de la tierra crea microorganismos que la nutren, porque en la naturaleza todo funciona sobre la base de la asociación; las plantas diferentes, se protegen entre si. De ahí que el monocultivo atraiga plantas.
Para el control biológico de las vides en La Caravedo se usan otras plantas y gavilanes. “Los gavilanes son para ahuyentar a los pajaritos que pueden mermar de 5 a 10% de la cosecha. No existe mala hierba, todo es parte de un sistema de vida. Para que los controladores biológicos funcionen, tiene que existir plagas” explica.


Pisco orgánico

Entre los viñedos encontramos a Richard regando con agua de pozo las plantas, porque  el agua de otras fuentes puede tener algún tipo de químico y es mejor no correr riesgos. Cada mañana, antes de empezar su faena, el joven le reza al liquido, le agradece su fuerza, por la vida. “Todo esto parte del concepto de biodinámica que poco a poco vamos implementando. Todo esta entrelazado e la naturaleza todo siente” explica.
Después de siete meses y medio de mucho trabajo y cuidado, la fruta esta lista para la vendimia. A partir de ahí se sigue el método tecno-artesanal, que integra al proceso tradicional las innovaciones tecnológicas. Sobre la base de la gravedad, todo se inicia en el lagar (construido, como el resto de la bodega, en 1624), en donde todavía se pisa la uva con los pies. Una vez convertida en jugo se pasa al proceso de fermentación. Luego de un tiempo todo este mosto será trasladado a la antigua falca para comenzar la destilación. En la falca es fácil retroceder en el tiempo e imaginarse a hombre subiendo y bajando con botijas de pisco sobre los hombros cargando leña para alimentar el fuego mientras la destilación se lleva a cabo. Todo en medio de mucho verde, salpicado por el rojo intenso, el morado, el naranja y el blanco de hermosas buganvillas.
Estas solo son algunas impresiones del paraíso particular de Rodrigo Peschiera, quien desde hace nueve años cultiva esta tierra. El resultado no puede ser mejor y eso lo demuestra más de un premio obtenido. El día va terminando y el viento se comienza a sentir, dejamos La Caravedo con la sensación de que nos falto tiempo para verlo todo. Estamos seguros de que esta bodega esconde todavía más misterios.

Fuente: REVISTA SOMMELIER, VINOS & MAS
Nro. 36
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